Lastres del Crecimiento

Muchas empresas engordan en lugar de crecer; destruyen valor al aumentar de tamaño y diversificarse.

Crecer sin aumentar valor es causado por rendimientos decrecientes, fuga de energía organizacional, desperdicio de recursos, debilitamiento competitivo y tolerancia a la improductividad. Detectar y eliminar nuestros lastres es condición del crecimiento sano.

Las empresas que han vivido un éxito inicial y que han validado sus primeras fórmulas de negocio, enfrentan al crecer lastres comunes que han de aprender a superar. Las habilidades que el empresario desarrolla al hacerlo, determinan su capacidad para dirigir el crecimiento de sus negocios y generar valor.

El lastre de la inercia. Crecer no es ya multiplicar más y más de lo mismo; más bien, en cada etapa habremos de encontrar cuáles son las oportunidades vigentes. Cuando nos damos a la tarea de expandir nuestras operaciones tenemos que asegurarnos de que estamos construyendo sobre bases sólidas.

Curiosamente, solidez es hoy un concepto basado sobre nuevos paradigmas. Antes significaba terrenos propios, instalaciones grandes, muchos clientes, diversidad de productos, integración de procesos. Hoy quiere decir flexibilidad, rapidez de cambio, capacidad de aprendizaje, velocidad de desarrollo de productos, facilidad para desmontar y desinvertir.

La inercia nos mantiene atados a recursos y oportunidades del ayer, limitando nuestra evolución, mermando nuestra proactividad y pagando crecientes costos de oportunidad.

El lastre del desenfoque. Al acopiar más recursos y detonarse las oportunidades en nuestro afán por crecer, creamos una diversidad de negocios, productos y mercados que parece no tener fin. El apetito ambicioso del empresario pronto se enfrenta, durante el crecimiento, con esta situación normal de querer abarcar más de lo que se puede apretar.

Cuando manejamos nuestros diferentes negocios, productos y mercados de forma globalmente consolidada, perdemos de vista las condiciones únicas que cada uno presenta. Y perdemos también las posibilidades de atacar cada mercado de forma original y diferenciada, porque aglutinamos procesos, contaminamos prácticas comerciales, debilitándonos ante los especialistas.

Una atención desenfocada al mercado no genera valor y empobrece la competitividad de nuestra oferta. Nada puede suplir al liderazgo competitivo en la generación de valor.

El lastre de la soledad. Es natural que el crecimiento complique y dificulte las posibilidades de aprender a desarrollar el equipo humano que requerimos en cada etapa de nuestra evolución.

Al contar con la debida gente capacitada y comprometida impulsamos el crecimiento de nuestra empresa. Sin embargo, la mayoría de los empresarios frecuentemente sufrimos la carencia de un equipo bien integrado, y es aquí donde suele presentarse una barrera para seguir avanzando.

Por lo general recurrimos a un sinfín de instrumentos de la Administración de Recursos Humanos para impulsar el desarrollo de nuestra organización, como las herramientas de selección y contratación, programas de capacitación, modelos de diseño organizacional, sistemas de remuneración, etcétera.

Sin embargo, nuestra experiencia nos dice que la mayoría de los empresarios termina ocupando el sillón del director de forma solitaria, y que esa soledad se prolonga por años mientras no aprende a compartir y multiplicar el poder organizacional que ejerce, integrando un equipo directivo complementario y compatible que pueda sustentar el crecimiento con efectividad y rendimientos crecientes.

Lo más costoso de este largo aprendizaje es que mientras más crece, su organización exige un mejor desempeño de su rol de dueño; rol que radica en la gestión de la creación de valor, y que generalmente descuida para dedicarse a labores propias de la operación del negocio.

El lastre de la tolerancia. El último reto del crecimiento es quizá el más ligado al éxito. Muchas compañías que han vivido las mieles del triunfo adquieren rápidamente el cáncer de la tolerancia, que se manifiesta en una serie de actitudes y comportamientos organizacionales referentes al manejo de los recursos, procesos, oportunidades y resultados.

En su gloria, la empresa exitosa se duerme en sus laureles, se ciega, e incurre en vicios y omisiones que no se ponderan ante la contundencia de los logros obtenidos. La tolerancia entonces propicia la multiplicación de escondites de improductividad por falta de austeridad, de alineación y de exigencia, dejando que el valor ya generado se fugue, en lugar de capturarlo.

La organización tolerante se aburguesa, despilfarra invirtiendo y gastando mal y mermando su espíritu de lucha; pero sobre todo peca de omisión sin importarle dejar de lograr, dejar pasar oportunidades y desestimar el valor de la exigencia… ¡y nadie se preocupa por ello!

Sólo cuando nos exigimos un creciente desempeño podemos contender contra la tolerancia, y eso requiere la orquestación de una estructura con un alto nivel de compromiso, una cultura de optimización incansable y, sobre todo, un liderazgo enfocado al alto rendimiento.

No es fácil aprender a dirigir el crecimiento. Para lograrlo requerimos buen juicio y exigirnos con rigor el seguir un camino sensato que no se deje deslumbrar por la grandeza.

Si llegamos a desarrollar un negocio grande lleno de lastres, no habremos crecido; nos daremos cuenta de que nos hemos dejado llevar y de que no estamos guiando a nuestra organización a buen puerto. Detectar y eliminar oportunamente nuestros lastres de crecimiento es algo crucial. Crecer con grasa no es solamente dejar de crear valor, es cavar la tumba de nuestro negocio.